De Congruencias y Discrepancias

DE DESPERTARES Y CONVULSIONES

Lo que ha mantenido enterrado en el fracaso a nuestro país a pesar de los ingentes recursos y únicas condiciones geográficas ha sido el engaño. Pero juzgo que más que el engaño de nuestros gobernantes, lo que nos ha realmente doblegado ha sido el engaño a nosotros mismos como pueblo. Es habernos creído el pueblo que no somos, percibiendo nuestra idiosincrasia como una esbelta figura solo porque nos vemos en el espejo cóncavo de nuestra soberbia, rehusándonos incluso a mirarnos en la superficie plana del enorme mar de petróleo sobre el que estamos sentados, en donde seguro veríamos el bodoque amorfo en que se ha convertido la venezolanidad.

Tenemos más de cien años diciendo que este pueblo finalmente despertó. Nos soltó Morfeo con la mal llamada “revolución libertadora” de Cipriano Castro a finales del siglo XIX, la Generación del 28 nos sacó del letargo, pero fue realmente la muerte de Gómez la que nos dejó despertar en el 36. No se cómo, pero sin saber cuándo nos dormimos, después despertamos múltiples veces en los ‘40 y ‘50, para finalmente espabilarnos en 1958 con la caída de Pérez Jiménez. Sorprendentemente es con el Caracazo que entramos en vigilia. Y fue Chávez quien nos estrujo los ojos para ver un nuevo amanecer. No pretendo ser sarcástico, pero nuestra interpretación de la historia contemporánea hace que la prosa burlesca salga sin ningún esfuerzo. Sería más que ingenuo pensar que este momento aciago con tintes de guerra civil es per se el verdadero e inequívoco despertar. Pudiera serlo, pero no lo ha sido y hay muchísimo riesgo de que tampoco ahora abramos los ojos lúcidamente.

El país ha sufrido convulsiones sociales y políticas, con períodos post-ictales (que son peores que el más profundo de los sueños) por enamoramiento transitorio con los gobiernos o por la fuerza aletargadora de los mismos. Estar despierto es poder percibir conscientemente la realidad y actuar coordinadamente ante ella a fin de adaptarnos. Hasta ahora nunca lo hemos hecho, pues simplemente nos hemos sacudido por algún malestar que espontánea o inducidamente ha calado en algún sector del pueblo. Esto equivale a decir que hemos convulsionado, generando movilizaciones socio-político-económicas mínimamente útiles. Lo que ha variado ha sido el foco ictal. El Caracazo, de origen básicamente humilde, no es más loable que una movilización significativa de la clase profesional. El afirmarlo es caer en la interpretación anacrónica y mal traducida del concepto marxista de proletariado, en el que se eleva al Olimpo únicamente al sector obrero. Resulta que Jesús no fue carpintero… el tipo era albañil, por no decir “todero”… fue un error ancestral de traducción. No dudo que la misma suerte hayan sufrido las palabras “obrero” y “explotación” en las traducciones de Marx.

Quizás por primera vez en la historia ese foco ictal, si bien es aproximadamente uniforme en términos socio-económicos, es sumamente heterogéneo ideológicamente. Ello nos pone en la necesidad no solo de entender a quienes piensan diferente, sino de entendernos a fondo entre quienes tenemos congruencias políticas a priori. Es una oportunidad única de dejar atrás las mentiras y el engaño populista.

Y ello depende en gran medida de la sinceridad de los planteamientos político-económicos que se hagan. La situación logística de la nación es crítica. Es un hecho que no podrá haber soluciones a corto plazo, y someramente las habrá a mediano. Me preocupa que se critique la devaluación de la moneda nacional. Eso hay que hacerlo dentro del marco de un plan organizado. Esto generará un incremento transitorio de la inflación. ¡Sí! ¡Más inflación aun! Pero muy probablemente reversible. No son medidas reñidas con una política socialista racional con visión a largo plazo, pues la justicia social se deriva de medidas a menor escala que la macroeconomía, cuyo balance ha de ser condición sinequenom. No hablo de un paquetazo a lo CAP, pero sí de sinceraciones económicas, con medidas transitorias de protección a los sectores populares, tal como lo hizo Alemania o Japón. Me preocupa que los candidatos de oposición hablen indiscriminadamente de aumentos de sueldos y salarios, cuando eso redundaría solo en mayor desequilibrio fiscal, que no se hable abiertamente de la insustentabilidad económica y moral de las casas gratis y “bien equipadas”, de la necesidad de aumentar progresivamente el costo de la gasolina… que no se hable de la improductividad de la nación y el rol que como ciudadanos jugamos en ella… La lista es infinita, porque veo que las congruencias entre el discurso chavista y opositor es más extensa de lo que la razón puede concebir, básicamente porque no aceptamos ser señalados ni asumimos compromisos. En otras palabras: porque no queremos despertar, aunque siempre hayamos vivido una pesadilla. Aquello de que el pueblo es sabio es un eufemismo utópico. Sabio era aquel pueblo paciente de Alí, que al cantar de guacharacas sabía calcular el tiempo, no el de la criminalidad y mendicidad urbana de hoy, amparada por el Estado.

¿Vamos a seguir mintiéndonos y pidiendo a gritos que nos mientan? ¿Para qué? ¿Para entrar en otra luna de miel post-ictal? ¿Para perder de nuevo la oportunidad de despertar? Eso nos llevaría a convulsionar de nuevo dentro de diez años, entonces ante una noxa aparentemente diferente, pero que en realidad sería la misma: nuestra propia mentira.

William Bracamonte-Baran

@BracamonteBaran

06 III 2014


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