De Congruencias y Discrepancias

EL CHIVO IDIOSINCRATICO (Jing, Jang y Jung)

Cuando uno escribe se comporta esencialmente como un chivo: rumia y defeca al mismo tiempo. En esa sublime metáfora las cagarrutas son las ideas que se van dejando sueltas y que constituyen abono para nuevos escritos. En mi caso tanto abono me tiene la grama llegando al cuello, pero creo prioritario desarrollar el concepto poco halagador que previamente expresé sobre la “venezolanidad” (en “De Despertares y Convulsiones”).

Es una especie de norma popular en la literatura el emplear el sufijo “idad” junto al gentilicio para denotar a la idiosincrasia de una nación. De allí la “venezolanidad” que atrevidamente describí como algo que ha mutado hasta ser un bodoque amorfo.

La Patria es un concepto que va mucho más allá de Estado, Nación y Pueblo, pues involucra el amalgamado de todos estos, incluyendo las propiedades emergentes de su interacción. Una de las muchas características propias de un pueblo es la idiosincrasia, pero ella dista mucho de ser lo cardinal en la definición de una Patria. En consecuencia no se es anti-nacionalista al criticar la “venezolanidad”. En la acera de enfrente el ultra-nacionalista no lo es simplemente por alabar a la misma. En ese juego de con los conceptos del Lao Tseng, un pueblo realmente maduro está alejado por igual del antipatriotismo que del chauvinismo.

Con la genialidad que le era propia, la rigurosidad que le daba su idiosincrasia suiza y los ingentes conocimientos derivados de su maestro Freud, Carl Jung llevó los conceptos de la idiosincrasia social a niveles superiores al definir los arquetipos. Dicho concepto implica toda la estructuración mental relativamente constante dentro de una cultura (usualmente asociada a la nacionalidad) y que es un modulador homogéneo del comportamiento del yo, que termina por generar conductas características dentro de un pueblo. El arquetipo resulta ser derivado de condiciones ambientales y culturas heredadas, sabiéndose hoy en día, además, la influencia genética. De alguna manera Jung llevó la idiosincrasia a un nivel cuasi-científico al definir las conductas arquetipales. Ello permitió que la misma pudiera ser analizada y entrara por tanto en el juego de la razón. Se me hacen los mexicanos los más floridos para dar este ejemplo: la idiosincrasia mexicana es la del “mero macho”… pero su arquetipo es una conducta circunstancial y moderadamente hostil derivada de condiciones particulares del clima subtropical y de su historia caracterizada por guerras en defensa del territorio así como guerras civiles intestinas, además de lo que el banco común de genes aporta.

Viniendo de nuevo a nuestra Patria ubicada en América del sur, pero en el hemisferio norte, nos encontramos con un lugar común respecto a nuestra idiosincrasia: “la viveza del venezolano”. Ese elemento arquetipal autodefinido como “chévere”, y en algún momento alabado, ha venido perdiendo su máscara en las últimas dos décadas, dejando ver su verdadero rostro antisocial, abusivo y eventualmente criminal.

En tiempos recientes, de evidente conducta predatoria versus defensiva, pareciera que el venezolano finalmente ha entendido lo deletéreo de ese aspecto “chévere” de nuestra idiosincrasia. Hemos podido decir “por la viveza es que estamos como estamos”, pero lamentablemente no ha pasado de ser pura palabra, pues hablar sin internalizar parece ser otra faceta oscura de nuestro arquetipo. Con solo criticar no se modifica la idiosincrasia pues la misma, por definición psicológica, parte de cada uno de nosotros. El ser un concepto social no la hace abstracta a cada uno de nosotros como individuos.

Se critica la abusividad (o viveza) de nuestros coterráneos, pero siempre el conjunto que la manifiesta nos excluye a nosotros mismos. Siempre tenemos una excusa que nos da la patente de corso para actuar con validez de la misma manera que tanto recriminamos. Siempre es “que hago esto, pero yo si trabajo por el país”, o “lo hago porque si no otro lo hace”, u otras intelectualizaciones similares de la culpa, si es que en el mejor de los casos la tenemos. Peor aún es la enorme cantidad de venezolanos que se consideran absolutamente inocentes de los crímenes de la venezolanidad, mostrando una ceguera irremediable o una absurda falta de comprensión de lo que se critica, lo cual puede hacernos rayar en la hipocresía.

¿Podemos seguir apoyando al chavismo o al antichavismo sin aceptar los excesos de parte y parte? ¿Cómo se puede amar a la Patria apoyando al gobierno pero sin aceptar sus fallas descomunales y su uso abusivo y politizado del poder? ¿Cómo podemos oponernos al gobierno desconociendo lo que los juristas llaman “espíritu de la ley” respecto al artículo 350 de la Constitución? ¿La “desobediencia” ante la inconstitucionalidad puede justificar otros atropellos contra la leyes? De nuevo de bando y bando  la excusa es proyectiva… siempre se es el Jing contra el Jang, sin entender jamás que hay Jang en nosotros mismos.

Mientras no seamos capaces de analizar racionalmente nuestros arquetipos y asumir el rol activo que debemos tener en su modificación seguiremos en el cuento aquel de esperar al mesías que con la vara mágica, o de golpe y porrazo, la enderece. Déjenme decirle algo: Jung y la historia ya demostraron que eso es imposible.

William Bracamonte-Baran

17 III 2014

@BracamonteBaran

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